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Quizás
cuando llegue el día, en que al instante de rendir mis cuentas al Altísimo
salga a la luz el balance de las caricias que mi alma te ha hecho y las que tu
has permitido a mis manos que te hagan, las dos formas ante Él tendrán la misma
condena, ya que pensamiento y obra son dos formas de pecado, además teniendo en
cuenta que ambas procedían del mismo corazón y llevaban en si el mismo deseo.
Soy reo
de acariciar ayer tu mano, por un momento fugaz y feliz, lo sabemos, pero debo
confesarte también que después a solas continué acariciando tu pelo, tu cuello,
tus hombros, tu cintura, tus caderas, tus piernas, tu espalda y terminé en tus
manos besando tus dedos, besando tus palmas, mordiendo tu piel…. y tú estabas
conmigo y lo consentías en un silencio que me quemaba. Que solos estábamos los
dos, (yo y mi pensamiento de ti), Me di
cuenta de mi pobre soledad al despertar y no tener en mi cuerpo, en mi boca, en
mis manos, ni tan siquiera ningún olor que me recordara a ti.
Como me
gustaría ahora sentir tu aliento en mis ojos.
CS

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